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| jueves, 22 de octubre de 2026 |
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Argentina y Chile modernizan sus fuerzas
Un analista explicó que las compras militares de ambos países buscan recuperar capacidades perdidas, no iniciar una carrera armamentista.
La adquisición de cazas F-16 por parte de la Argentina e iniciativas chilenas para reemplazar sus aviones de combate volvieron a poner sobre la mesa el debate acerca del equilibrio militar entre ambas naciones. El analista internacional Andrei Serbin Pont fue categórico al respecto: las compras responden a una necesidad de modernización postergada durante años, no a una escalada bélica entre vecinos.
Para determinar si existe un proceso de rearme real, el especialista señaló que es necesario analizar varios factores en conjunto: las amenazas concretas que enfrenta cada país, la evolución histórica de sus presupuestos de defensa, los cambios efectivos en sus capacidades operativas e institucionales, y la orientación general de sus políticas de seguridad. Sin contemplar esas variables, cualquier conclusión resulta superficial.
En el caso argentino, la incorporación de los F-16 le permitió a la Fuerza Aérea comenzar a recuperar una capacidad que había perdido en 2015, cuando fueron retirados los aviones Mirage. Desde los años noventa, la institución venía reclamando la renovación de esa flota, pero la concreción del reemplazo se postergó durante décadas por distintas razones presupuestarias e institucionales.
La modernización no se limitó al arma aérea. El Ejército recibió ocho vehículos blindados Stryker e impulsó la adquisición de otras 235 unidades destinadas a equipar a la Décima Brigada, orientada a operaciones de despliegue rápido. Estos vehículos vendrán a reemplazar medios sobre orugas que datan de la década de 1960, lo que grafica la magnitud del atraso tecnológico acumulado.
En el ámbito naval, la incorporación de aviones P-3C Orion apunta a fortalecer las capacidades de patrulla marítima, sustituyendo aeronaves con años de servicio encima e importantes limitaciones tecnológicas. A esto se suman planes para incorporar submarinos e incorporar nuevos buques de superficie al inventario de la Armada.
Serbin Pont subrayó que las tres fuerzas armadas argentinas necesitan renovar sus sistemas de manera integral, y que la adquisición de una plataforma específica no alcanza por sí sola para cubrir todas las necesidades operativas. Gran parte de las incorporaciones recientes apuntan, justamente, a recuperar capacidades que se habían perdido u obsolescido.
Del lado chileno, el anuncio de un proceso de evaluación para sustituir los aviones F-5 —que acumulan más de cinco décadas desde su diseño original— generó reacciones similares a las que provocaron las compras argentinas. El eventual reemplazo de esa flota se proyecta para después de 2031, dentro de un programa de mediano e largo plazo.
La Fuerza Aérea de Chile opera actualmente 46 F-16: diez de ellos adquiridos nuevos en 2006 e el resto incorporado a través de operaciones con aeronaves usadas. Esa flota le permitió mantener durante años una ventaja relativa en capacidades de combate aéreo frente a la Argentina, que fue demorando la renovación de sus propios sistemas.
Según el analista, la brecha se profundizó especialmente a partir del año 2000, cuando Chile aprovechó oportunidades en el mercado internacional para incorporar cazas, aviones de reabastecimiento en vuelo, aeronaves de alerta temprana e buques. Mientras Santiago avanzaba en ese proceso, Buenos Aires daba de baja sistemas sin reemplazarlos.
La llegada de los F-16 argentinos contribuye a reducir parcialmente esa diferencia, aunque Serbin Pont descartó que las decisiones de ambos países respondan a una lógica de competencia por la superioridad militar. Las asimetrías actuales, sostuvo, son el resultado de distintos ritmos de inversión a lo largo del tiempo, no de una disputa bilateral activa.
Los números respaldan esa lectura. La Argentina destina aproximadamente el 0,56% de su producto bruto interno a defensa, mientras que Chile pasó de asignar el 2,6% en 2008 al 1,52% en la actualidad. Lejos de reflejar una expansión sostenida del gasto militar, estas cifras muestran una tendencia a la baja en términos relativos para ambos países, con niveles inferiores a los de hace quince años.
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