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| viernes, 28 de agosto de 2026 |
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Milei, encerrado en sus certezas
El Presidente se concentra en las variables macroeconómicas, se aleja del diálogo y ve conspiraciones en cada crítica antes de las elecciones.
Javier Milei transita su presidencia entre dos extremos que se alternan sin demasiada lógica aparente: períodos de hiperactividad internacional con giras por varios países y discursos ante los sectores más influyentes del mundo empresario, y etapas de repliegue casi total en las que desaparece de la escena pública durante días. Agosto fue un ejemplo claro de esa dinámica: tras visitar Brasil, Perú, Ecuador y Colombia en rápida sucesión, el mandatario se recluyó en la Quinta de Olivos por cerca de diez días y estuvo más de tres semanas sin aparecer por su despacho en la sede del Poder Ejecutivo. Luego regresó con agenda cargada, con apariciones en actos vinculados al aniversario de la muerte de San Martín, encuentros con referentes del establishment y hasta una charla con estudiantes secundarios.
Más allá de esos vaivenes en su agenda, hay algo que se mantiene constante: Milei no muestra ningún interés por la política en su sentido más tradicional, la que implica negociación, construcción de acuerdos y gestión de alianzas. Lo que le importa, casi de manera excluyente, es el seguimiento minucioso de los indicadores económicos. Esa obsesión por los números convive, sin embargo, con una creciente intolerancia hacia cualquier señal o argumento que contradiga su propia lectura de la situación.
El cuadro que surge de conversaciones con más de una docena de personas con acceso directo al entorno presidencial es preocupante en términos políticos. Quienes lo frecuentan advierten que el Presidente no solo se ha vuelto más hermético en términos personales, sino que además se ha atrincherado en sus convicciones de una manera que dificulta cualquier intercambio genuino. Esa actitud tiene consecuencias concretas: recibe cada vez menos interlocutores, convierte las reuniones en monólogos, reacciona con irritación ante los matices y descarta las críticas como parte de una operación coordinada para debilitarlo políticamente antes de las elecciones legislativas.
Varios dirigentes y figuras con experiencia en el mundo del poder se fueron en los últimos meses de encuentros con Milei con la sensación de no haber podido plantear siquiera una duda menor sobre el rumbo económico. Algunos dejaron de intentarlo directamente. El Presidente está convencido de que existe una alianza informal entre políticos opositores, empresarios, economistas y periodistas que busca erosionar su imagen antes de los comicios de 2025. Desde esa perspectiva, no existe la crítica bienintencionada: todo forma parte de un plan para desestabilizarlo.
Esa lógica se filtra incluso en los espacios institucionales pensados para el debate interno. Las reuniones de Gabinete y los encuentros con legisladores del oficialismo se han convertido en largas exposiciones unilaterales donde el margen para el intercambio es prácticamente nulo. Milei despliega gráficos, desarrolla teorías económicas, rebate diagnósticos y da directivas sobre cómo defender públicamente las decisiones del Gobierno. Los celulares de los asistentes, como ya es práctica habitual, quedan guardados en sobres antes de que empiece la reunión. Desde el Congreso, algunos legisladores propios reconocen en privado que esos encuentros no aportan demasiado a la construcción colectiva.
Pese a ese clima de monólogo interno, Milei les transmitió a sus ministros una instrucción clara: salir a disputar con más energía el debate público, refutar con datos los argumentos que considera falsos y no limitarse a explicar las medidas sino confrontar activamente a quienes las cuestionan. La economía, mientras tanto, sigue siendo el terreno donde se juega la suerte de su gestión.
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