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| domingo, 16 de agosto de 2026 |
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La derecha no tiene con qué ganar
Los endeudados, desocupados y empobrecidos ya rozan los dos tercios de la población y hacen inviable cualquier triunfo electoral de la derecha.
El manual liberal de siempre vuelve a dar los mismos resultados: los que más tienen acumulan más, mientras los sectores populares acumulan deudas, carencias y desesperanza. Las promesas de recuperación, esos relatos sobre brotes verdes y luces al final del túnel, no son otra cosa que herramientas para disimular una realidad incómoda: se está construyendo un país diseñado para una minoría, a costa del bienestar de las grandes mayorías.
Resultó llamativo escuchar una conversación entre dos referentes del espacio liberal en la que uno de ellos, Joaquín de la Torre, se refería con desprecio al sacerdote Rodrigo Zarazaga, responsable del Centro de Investigación y Acción Social, usando su apellido como sinónimo de algo negativo. De la Torre es un caso típico del converso político: alguien que supo pertenecer al campo popular y que fue abandonando sus convicciones de a poco, hasta terminar reivindicando el modelo de la Argentina agroexportadora y terrateniente, aquella que se organizó alrededor de la concentración de la tierra, la dependencia de Inglaterra y la pobreza estructural, ignorando olímpicamente dos fenómenos históricos fundamentales: la Revolución Industrial y el surgimiento de la democracia moderna.
La consigna 'la patria no se vende' no fue solo una expresión de época, sino la afirmación de una dignidad colectiva que nunca debió haberse resignado. Sin embargo, el ministro de Economía llegó a describir la situación de millones de personas endeudadas como un problema entre privados, cuando fue el propio Estado el que, para contener el precio del dólar, fijó tasas de interés con una rentabilidad estratosférica que empujó a familias enteras a un pozo del que difícilmente puedan salir. Un Estado verdaderamente responsable debería haber establecido límites claros: ninguna entidad, pública o privada, debería poder más que duplicar la deuda original de quien recurrió al crédito para resolver una necesidad concreta.
Las encuestas, incluso las más favorables al oficialismo, coinciden en que el Gobierno no tiene capacidad para ganar ni en primera ni en segunda vuelta. En ese contexto, habrá que esperar el momento en que los mercados financieros, ese poder que suele estar por encima del voto popular, le impongan al régimen una restricción concreta vinculada al valor de la moneda. Ya empiezan a aparecer candidaturas liberales alternativas a la presidencia, señal clara de que los sectores más lúcidos del espacio libertario saben que repetir la hazaña electoral de Milei es prácticamente imposible.
Así como Alberto Fernández dejó al campo nacional y popular en uno de sus momentos históricos más bajos, Milei parece encaminado a dejar al liberalismo en una situación de la que le costará salir por mucho tiempo. Salvo que sus eventuales herederos cometan errores de magnitud comparable, algo que hoy parece improbable.
Si se analiza la brutalidad del ajuste aplicado, la disolución del coro estable de niños es un símbolo elocuente: este gobierno no llegó para ahorrar, sino para destruir. El hecho de que se hayan destinado más fondos a la provincia de Jujuy que a Buenos Aires para mejora de rutas desnuda un modelo que busca empobrecer deliberadamente al distrito más populoso del país, para que no pueda sostener candidaturas propias en el futuro.
Para cerrar el círculo, De la Torre propone eliminar la figura del gobernador provincial, una idea que revela que el personaje tiene plena conciencia de que la mediocridad política instalada en su espacio no alcanza para imponer un candidato competitivo. Es un discurso irracional y agresivo que muestra cómo ciertos sectores oportunistas, que se subieron al poder de turno, empiezan a entender que su momento de protagonismo fue tan breve como efímero.
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