domingo, 9 de agosto de 2026
 
     
Milei, su peor enemigo rumbo al 2027

La caída en las encuestas y una economía que no despega complican al Presidente, quien insiste en sus recetas sin cambiar el rumbo.



Javier Milei representa, paradójicamente, la mayor amenaza para su propia continuidad política. No es una afirmación coyuntural ni atada a un momento específico: fue así durante el primer tramo de su gestión, cuando un rescate financiero extraordinario por parte de la administración Trump evitó un derrumbe mayor, y lo sigue siendo ahora, mientras transita la segunda mitad de su mandato con la mira puesta en una eventual reelección. La lista de tropiezos propios es larga y variada. Disputas internas mal gestionadas, excesos verbales, provocaciones innecesarias, errores de cálculo estratégico, obsesión con temas que no le suman y una rigidez ideológica que no da margen a la corrección: todo eso configura un patrón de autosabotaje que se repite. Si el oficialismo todavía mantiene chances electorales, no es por sus méritos propios sino por la incapacidad de la oposición para ofrecer una alternativa creíble y convocante. Tras el pico de imagen que alcanzó a finales del año pasado, impulsado por un resultado electoral legislativo que sorprendió a propios y extraños, el gobierno comenzó a perder terreno de manera sostenida en las mediciones de opinión pública. Aunque los escándalos vinculados a presuntas irregularidades en distintas áreas del Estado contribuyeron al desgaste, el principal factor del deterioro es económico: la recuperación que se prometía no llega, o al menos no llega para la mayoría. Los números son elocuentes. Según un relevamiento reciente, dos tercios de los argentinos evalúan negativamente la situación económica. Solo un tercio tiene una visión positiva. A eso se suma otro dato que golpea directamente el relato oficial: siete de cada diez ciudadanos consideran que el Presidente gobierna pensando en ciertos sectores privilegiados, no en el conjunto de la población. Ese estado de ánimo social se corresponde con una realidad concreta: caída del nivel de actividad, consumo en baja, salarios que siguen perdiendo poder adquisitivo, mayor morosidad y endeudamiento de las familias, dificultades crecientes en el mercado laboral y una desaceleración de la inflación que se estancó lejos de las metas prometidas. Con ese cuadro, cualquier analista que desconociese las particularidades del escenario político argentino concluiría que la derrota oficialista sería casi inevitable. Pero Argentina tiene sus propias reglas. La oposición es un espacio fragmentado, heterogéneo y huérfano de liderazgos capaces de nuclear voluntades. En ese contexto, Milei no compite contra el peronismo, ni contra una alternativa de centroizquierda o centroderecha, sino contra su propia imagen deteriorada. El espejo le devuelve un país que está muy lejos del horizonte de prosperidad que él mismo prometió. Ante ese panorama, sin embargo, no se observan señales de revisión ni de ajuste en la estrategia. El Presidente y su equipo parecen convencidos de que el camino trazado es el correcto y que solo hace falta sostenerlo. De cara al proceso electoral, el equipo económico apuesta a tres pilares para evitar turbulencias: equilibrio fiscal, tipo de cambio estable y tasas sin sobresaltos. Una apuesta conservadora que luce insuficiente para revertir el humor social. Esa parece ser la trampa: cuando la economía no da buenas noticias, el gobierno busca refugio en la confrontación política, recalentando el clima con iniciativas de dudosa legitimidad o con episodios que generan nuevos conflictos. Un ejemplo reciente fue la escalada diplomática con Brasil, desatada por declaraciones del propio Milei en territorio brasileño contra el presidente Lula, que derivó en una crisis evitable y costosa en términos de imagen internacional. La estrategia del ruido como distracción tiene rendimientos cada vez más magros y agrava las heridas que el oficialismo se inflige a sí mismo.
   
     
 
 
 
 
 
 
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