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| sábado, 1 de agosto de 2026 |
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Santilli vs. Villarruel: guerra sin guión
El jefe de Gabinete pidió que la vice renuncie, sin que nadie se lo ordenara, pero con el aval silencioso de los Milei.
Nadie en el oficialismo salió a repetir públicamente lo que dijo Diego Santilli, pero tampoco lo desmintieron. Puertas adentro, la mayoría coincidió en que el jefe de Gabinete se animó a decir en voz alta lo que muchos venían pensando en silencio: que Victoria Villarruel debería apartarse del cargo si no acompaña el rumbo del Presidente.
El planteo de Santilli fue directo: la vicepresidenta tendría que dar un paso al costado si sus diferencias con Javier Milei son tan profundas. La frase tuvo un efecto inmediato y no buscado: desplazó por completo la agenda que el Gobierno había preparado para ese día. El Presidente había anunciado en cadena nacional una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, y también se esperaban anuncios de inversiones de una empresa energética de peso. Nada de eso terminó dominando la conversación pública. El protagonismo lo acaparó el enfrentamiento con la vice.
Desde el entorno presidencial aclararon que Santilli actuó por cuenta propia. Nadie le pidió que hiciera ese planteo ni hubo una decisión política detrás. De hecho, señalaron que si hubiera sido algo coordinado, lo habrían intentado mucho antes. Reconocieron que el funcionario respondió a una pregunta que le hicieron y que no estaba en ningún libreto previsto.
Sin embargo, y pese a esas aclaraciones, en la Casa Rosada no hubo ningún gesto de desautorización. Al contrario: trascendió que Santilli cuenta con el respaldo tácito tanto de Javier como de Karina Milei. La justificación que circuló en el entorno del Presidente fue clara: Villarruel cuestionó públicamente la salud mental del jefe de Estado, algo que consideraron inaceptable. Desde la Jefatura de Gabinete lo enmarcaron como una defensa legítima de la figura presidencial frente a lo que describieron como una conspiración contra la investidura.
El verdadero costo del episodio, según reconocieron varios funcionarios, fue el desvío de agenda. Aunque Santilli expresó un consenso que existe dentro del oficialismo, ponerlo en palabras generó una imagen incómoda en términos institucionales. El problema de fondo es conocido: Villarruel, al igual que Milei, fue elegida por voto popular. Pedirle la renuncia tiene una carga institucional muy pesada, comparable a pedírsela al propio Presidente.
Además, el exabrupto le otorgó a la vicepresidenta algo que hasta ese momento no tenía: el lugar de víctima. Villarruel venía construyendo un perfil opositor de cara a 2027, pero sin poder ubicarse en el rol de la agredida. El pedido público de renuncia le regaló ese lugar sin que nadie lo planificara.
La respuesta de la vice llegó horas después, sin nombrar a Santilli pero con destino evidente. A través de sus redes, lo calificó como un representante de la casta política a la que, según dijo, le ganaron en 2023, y lo acusó de atentar contra el orden republicano. Además reivindicó el origen de la fórmula presidencial como una construcción mixta y espontánea, y le reclamó respeto al voto popular. Lo llamativo fue el lenguaje que eligió: las mismas palabras que Milei suele usar contra sus adversarios, como casta y parásitos, las usó ella para responderle a quienes la atacaron. Con ese movimiento, Villarruel se reposicionó como la que responde a un ataque, no como la que lo inicia.
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