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| miércoles, 15 de julio de 2026 |
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AMIA: 32 años sin condena
Este 18 de julio se cumplen tres décadas y dos años del peor atentado terrorista de la historia argentina, con 85 muertos y sin justicia.
Hay fechas que el tiempo no logra borrar. El 18 de julio es una de ellas. A las 9.53 de la mañana de 1994, una bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina en la calle Pasteur, en el barrio porteño de Once. No fue solo el derrumbe de un edificio. Fue también el comienzo de una herida que la Argentina lleva abierta desde entonces.
En aquel entonces el país todavía digería la final del Mundial de Estados Unidos entre Brasil e Italia, disputada apenas un día antes, cuando la realidad lo sacudió con la tragedia más grave de su historia en materia de terrorismo. Ochenta y cinco personas murieron. Decenas de familias quedaron destrozadas. Y una pregunta comenzó a flotar en el aire, sin respuesta hasta hoy: ¿quiénes fueron los responsables?
Treinta y dos años más tarde, el mundo vuelve a tener los ojos puestos en una Copa del Mundo que se disputa nuevamente en Estados Unidos, esta vez junto a México y Canadá. El fútbol vuelve a ocupar el centro de la escena. Pero el 18 de julio impone una pausa obligatoria, una reflexión que no puede postergarse.
Mientras millones de personas debaten resultados y estadísticas, hay 85 víctimas que siguen esperando que alguien sea condenado por sus muertes. Entre ellas, Sebastián Barreiro, que tenía apenas 5 años cuando lo asesinaron aquella mañana. Lionel Messi tenía 7 en ese momento. Con el tiempo, el futbolista se transformó en el mejor del mundo, ganó ocho Balones de Oro y conquistó una Copa del Mundo. La vida de Sebastián, en cambio, quedó detenida para siempre en esa fecha.
A lo largo de estas tres décadas hubo actos de conmemoración, sirenas, lecturas de nombres, velas encendidas. Familiares que envejecieron reclamando respuestas. Otros que ya murieron sin haberlas obtenido. Funcionarios que prometieron avances que nunca se materializaron. Gobiernos que pasaron uno tras otro sin cerrar la herida.
Este año se repetirá la escena. Miles de personas volverán a reunirse para recordar a las víctimas. Estarán dirigentes políticos, referentes comunitarios, artistas y ciudadanos comunes, todos unidos por una misma exigencia: justicia.
Pero la pregunta más incómoda sigue en pie y merece ser formulada sin rodeos: ¿cómo puede una democracia convivir durante treinta y dos años con el peor atentado terrorista de su historia sin haber llegado a una sola condena? La respuesta, o su ausencia, dice mucho sobre el estado de las instituciones argentinas y sobre la deuda pendiente con quienes ya no están.
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