martes, 25 de agosto de 2026
 
     
AMIA: 32 años y ningún condenado

El 18 de julio vuelve a recordarnos que 85 víctimas del peor atentado terrorista de la historia argentina siguen esperando justicia.



Hay fechas que el tiempo no logra borrar. El 18 de julio de 1994, a las 9.53 de la mañana, una bomba destruyó el edificio de la mutual judía en la calle Pasteur, en pleno corazón de Buenos Aires. No fue solo un edificio lo que se derrumbó ese día: también se quebró algo profundo en la confianza colectiva de los argentinos respecto de sus instituciones y su capacidad para hacer justicia. Aquel año, el país salía de la resaca emocional de la final del Mundial de Estados Unidos, disputada apenas un día antes entre Brasil e Italia. La realidad interrumpió cualquier festejo con la peor tragedia terrorista que registra la historia nacional: 85 personas muertas, cientos de heridos y una sociedad sacudida hasta los cimientos. Treinta y dos años más tarde, el mundo vuelve a tener los ojos puestos en otro Mundial que se disputa nuevamente en territorio norteamericano, esta vez compartido con México y Canadá. Pero el 18 de julio exige pausar cualquier conversación sobre fútbol y enfrentar una verdad incómoda que no prescribe. Mientras millones de personas debaten resultados y estadísticas, hay 85 nombres que siguen aguardando que alguien responda por sus muertes. Lionel Messi tenía 7 años cuando Sebastián Barreiro, de apenas 5, fue asesinado en el atentado. El astro rosarino se transformó con el tiempo en el mejor futbolista de la historia, acumuló ocho Balones de Oro y una Copa del Mundo. La vida de Sebastián, en cambio, quedó detenida para siempre en esa mañana de invierno porteño. Cada 18 de julio se repite un ritual conocido: suenan las sirenas, se leen los nombres de las víctimas uno por uno, se encienden velas, familiares que llevan décadas reclamando respuestas vuelven a ocupar su lugar en la primera fila del dolor. Algunos de ellos ya no están para ver si alguna vez llega lo que tanto esperaron. Funcionarios de distintos gobiernos prometieron avances que nunca se materializaron. Las administraciones se sucedieron y la herida siguió abierta. Este año, como cada año, miles de personas volverán a congregarse para rendir homenaje a las víctimas. Habrá dirigentes políticos, referentes comunitarios, artistas y ciudadanos de a pie, todos convocados por una misma palabra que con el paso del tiempo suena cada vez más a deuda: Justicia. Pero hay una pregunta que ningún acto conmemorativo puede esquivar: ¿cómo es posible que una democracia conviva durante treinta y dos años con el atentado más grave de su historia sin haber llegado a una sola condena? La respuesta, o la ausencia de ella, dice mucho sobre el estado de las instituciones argentinas y sobre el precio que pagamos como sociedad cuando la impunidad se instala y se normaliza.
   
     
 
 
 
 
 
 
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